Desde tiempos inmemoriales existen personas que tienen miedo al cambio, esta constante o tendencia universal que acompaña a todas las culturas y a todas las épocas llega individualmente a su cénit a medida que estos resignados protagonistas van cumpliendo años. Y… ¿a qué temores se enfrentan estos conservadores personajes? ¿Tienen razones fundadas para ser tan pesimistas? ¿Será tan malo lo que viene?

 

Por José Manuel Orrego / Maestro y Doctor por la Facultad de Psicología de Oviedo / Colaborador de AZ Revista

 

 

 

Como se deduce de lo anterior, el inmovilismo hacía lo nuevo, no logra frenar el avance de las originalidades ni demuestra ser el garante de la razón. Por todo ello si usted es una de esas obstinadas, testarudas y recalcitrantes personas, le invito a que luche por sus valores pero sin invertir demasiado esfuerzo porque nadie llegó al comienzo del río nadando contra corriente.

 

Le invito a compartir esta reflexión porque nos ha tocado vivir en la era de la hiperinformación y estas herramientas o recursos de indecorosa catadura secular, trastocarán con toda seguridad los pilares de nuestra cultura, de las tradiciones más acérrimas y de esa falsa ilusión de inmutabilidad que ingenuamente creemos inalterable o inherente a toda la humanidad, aunque en realidad sea un espejismo casi exclusivo de la civilización occidental.

 

Seguramente la próxima generación no conocerá el libro, o por lo menos no lo usará como hasta ahora, será considerado como un objeto puramente estético, como esas lámparas que evocan otras épocas imitando la forma de una vela cuando en realidad se nutren con los 220 voltios de la modernidad. Hoy todavía hay personas que se resisten a creer que el soporte electrónico no ganará la batalla frente a las publicaciones tangibles de papel, quizá esos necios sentenciados a la extinción sólo se fijen en sus ñoños sentimientos de añoranza, los entiendo bien porque en el fondo comparto esa pena, pero eso no puede velar las virtudes de un ebook, de una tablet o de lo que esté por llegar. No quiero continuar con el debate sobre dónde se ubicará el acervo cultural del ser humano porque me resulta agobiante hacer que alguien abandone sus prejuicios, resistencias y ofuscaciones.

 

Lo que le ocurre al hombre contemporáneo es que aún no ha asimilado el maremágnum tecnológico que le ha sido otorgado, es como cuando entramos en un buffet libre por primera vez y perdemos la mesura acaparando más y más platos sin darnos cuenta de que no vamos a ser capaz de ingerirlo todo. Lo mismo nos ocurre con las nuevas tecnologías, nos estamos empachando y por ello nos estamos resintiendo de los excesos. Nuestras relaciones sociales son cualitativamente peores, hemos perdido gran parte de nuestra intimidad y hemos descuidado el disfrute de lo cotidiano en pro de la superficialidad universal, pero estas contrariedades son el resultado de una incorrecta adaptación a unas herramientas que nos han sido dadas sin ningún tipo de orientación. Dentro de muy poco nos acostumbraremos a estos avances y cuando dejen de ser novedades, la cordura y la sensatez volverán a imperar  provocándonos una risa indulgente al evocar los temores que hoy nos fustigan. Piense en la hilaridad que nos producen aquellas afirmaciones de nuestros antepasados sobre los perjuicios de volar, de viajar en ferrocarril, de utilizar el microondas, o de otros ingenuos recelos.

 

Con toda probabilidad otro valor que sí cambiará será el memorístico, las personas no necesitarán retener prácticamente nada, tan sólo tendrán que dominar las herramientas para alcanzar el conocimiento deseado. No me diga que no sabía antes más números de teléfono que desde que inventaron los smartphones, por mi parte yo confieso que toda la agenda de contactos que guardo en mi cabeza la podría contabilizar con una sola mano, y yo me pregunto: ¿para qué nos sirve memorizar ciertas cosas? Si quiere puede llevar consigo una navaja, una cuerda y un pedernal, por si se encuentra de repente en una tesitura como la de Robinson Crusoe, pero me temo que ese trance difícilmente llegará a materializarse en los tiempos presentes. No será usted de esos que se sabe alguna estrofa de la canción del pirata: “Con diez cañones por banda…” ¡Espere! no siga que el resto lo consulto en mi móvil y además, de paso, le cuento un poco sobre la vida de Espronceda, ¡ah¡ que dice que eso no vale… ¿y por qué no? o es que cree que los conocimientos sólo son válidos si están integrados en nuestro almacén psíquico, pues sepa que por muy extraordinario que sea nuestro depósito mental, no es nada en comparación con el vasto universo cultural que nos rodea. Esto no es un pensamiento mío, lo dijo hace mucho tiempo Sócrates, que por otro lado no plasmó por escrito absolutamente nada… seguro que pensó: para lo poco que voy a aportar, eso sí que fue coherencia.

 

Vaticino muchos y profundos ajustes, y créame que me gustaría seguir comentándolos, pero este formato narrativo me impide seguir extendiéndome, tan sólo quiero citar uno último porque me parece sugerente, se trata del giro que darán nuestras experiencias vitales directas en pro de las virtuales. ¿Para qué nos servirá viajar si podemos estar allí de una forma digital?, los desplazamientos por negocios serán cada vez menos usuales, los problemas técnicos, los asesoramientos, las reuniones e incluso cierto turismo, como el cultural, podrá hacerse a través del cable. Tendremos el mundo al alcance de un click, aunque eso sí de una forma edulcorada.

 

Pero no demonicemos este destino, pensemos en la televisión y lo que ocurre con este medio, nos enriquece hasta tal punto que las experiencias vividas a través de ella se funden en nuestro imaginario, ¿cuántos de nosotros visualizamos a un elefante caminando por la sabana? ¡Oiga pero si usted en su vida ha visto a un elefante… o al menos no caminando por ese lugar!, ¿y porque se lo imagina allí? Cuántas veces evocamos un famoso monumento visitado in situ y no sabemos si esa imagen mental fue la captada en el lugar o a través de otro medio. No le quepa duda reflexivo lector, la televisión posee una increíble capacidad para lograr que el espectador interiorice experiencias vicarias, y gran parte de lo que usted sabe o cree saber o cree haber vivido, se lo debe a ese aparato tan controvertido. Ahora imagínese que podrán ofrecerles los nuevos avances técnicos con toda su capacidad de interacción, con todo su nivel de realismo y con todo aquello que ni siquiera podemos llegar a sospechar. Así que casi me atrevo a decir: ¡que viva la indolencia del hombre idiotizado!

 

Foto: Cuartoscuro

 

Artículo tomado de:

http://www.educacionyculturaaz.com/mural-de-opiniones/el-hombre-tecnificado-o-el-hombre-idiotizado